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Hacer listas no es de tontos

COSAS DE NOELIA | Ferrol | Jueves 5 marzo 2015 | 11:04

Si hay algo que me gusta hacer son listas. Como dijo el poeta: más que amor lo que yo siento se llama obsesión.

Tengo muchas listas: abiertas, cerradas e incompletas. ¿Cuál es la diferencia entre la lista abierta y la incompleta? Es sutil, pero existe: la lista abierta permite la entrada de nuevos elementos que sabes que vas a poder encontrar y la lista incompleta es una lista que sabes que no está completa pero también eres consciente de que no vas a hallar ningún otro componente más porque llevas mucho tiempo intentándolo.

Mi lista incompleta preferida es la que he llamado “¿Pero dónde están?” Los dos primeros puntos de esta lista eran las crías de paloma y gaviota, respectivamente. Sin embargo, un buen día tuve que tachar el punto número dos porque me encontré con una familia de gaviotas. He de decir que un tanto mal encaradas. Qué poco sonríen las gaviotas. Y qué arte tienen mirando de reojo.

Pero no hay drama que cien años dure y rápidamente apareció un sucesor: esos lápices pequeñitos tras haberlos afilado mucho. Es difícil explicar el concepto, pero lo voy a intentar: ¿dónde demonios van los lápices que afilas mucho, se vuelven pequeñitos y, de repente, desaparecen para siempre sin que tú los tires a la papelera? ¿Dónde van? ¿Dónde? Aparte de a mi lista, no tengo otra respuesta.

Y con este elemento la lista se quedó estancada, por tanto incompleta. Porque las nubes y los besos que no damos, no tienen cabida en mi lista, por intangibles. No es que vaya a tocar a una paloma ni a una gaviota, pero posible es.

Mi lista abierta y de espíritu infinito es “Cosas de las pelis americanas que tengo que aprender a hacer”. Un tema tan manido como apasionante. Entre sus elementos destaco los siguientes:

– Lavarme los dientes sin que me salga la cantidad de espuma propia de un ataque de rabia y así poder pasearme por casa mientras hago cualquier otra cosa, incluso tener una conversación inteligible.

– No comprobar jamás que el coche o la puerta de casa quedan cerrados.

– Beber café por la calle sin tener que detenerme para darle un sorbo y sin macharme el abrigo.

– Concienciarme de que una linterna siempre va a iluminar mejor la escena que encender las luces.

-Decir ¿Qué diablos…? En voz baja pero con intensidad, ante una situación inesperada.

-Manejar bolsas sin asas. No importa la soltura, porque siempre podrás encontrar al hombre de tu vida.

-Saltar de un tejado a otro.

-Ante una amenaza proveniente del espacio, escapar de Estados Unidos.

Bajar por la escalera de incendios. Encontrar una escalera de incendios.

-Enroscarme la sábana alrededor del cuerpo para salir de la cama.

-Organizar una gran merienda-cena mientras dan un partido de fútbol, rellenar el pavo, hacer tarta de arándanos, volar al día siguiente a París y dejar a uno de los niños olvidado en el trastero.

Mi lista cerrada más habitual es “Cosas que tengo que hacer hoy sin excusa”, que comprende elementos del trabajo, de ocio y del hogar. Es una lista cerrada con tendencia a ser una lista abierta porque en ocasiones se mantiene día tras día y se van integrando nuevos elementos, para mi desesperación, porque lo mejor de una lista de tareas pendientes es ir tachando los elementos que la componen. Qué placer reside en esa línea que atraviesa las palabras otorgándote una infinita sensación de poder y satisfacción por el deber cumplido…

Si hay algo de lo que no se libra nadie es de haber hecho una lista. A cada etapa de la vida corresponde un tipo de lista. “Los/as niños/as más guapos de clase” a “Famosos con los que podría ser infiel a mi pareja y no pasaría nada”. De “Carta a los Reyes Magos” a “Los regalos que tengo que comprar con tiempo suficiente aunque sé en mi fuero interno que será en el último segundo”. “Capítulos que he visto”, “Personas que no son de fiar”, “Frases célebres de mis amigos”, “Asistentes a la fiesta”, “Famosos que se van a morir este año para apuntar en la porra”, “Propósitos de Año Nuevo”, “Meter en la maleta”, “Lugares donde he comido una hamburguesa”, “Cosas que de repente me dan alergia”, “Gastos de este mes” (en la que sólo anotas los del día que empiezas la lista), “Planes para este verano”, “Lugares a los que quiero viajar” La lista de listas es infinita.

Sólo hay una lista que rechazo: la lista de la compra. Desprecio al ser humano que lleva una lista con cinco cosas apuntadas en un papelito y que se pasea por el súper con ella en mano. ¿No eres capaz de recordar esas cinco cosas? ¿En serio? Jamás la he hecho y jamás la haré. Me gusta más pasearme por los pasillos e ir metiendo en el carro, llegar a casa, ver que me he olvidado de comprar las cinco cosas que había ido a buscar y volver al supermercado, que así también me paseo.

Las listas son maravillosas, forman parte de nuestras vidas y nosotros formamos parte de las listas, en una simbiosis cósmica. Las listas nos ayudan a recordar, a organizarnos, a ilusionarnos: “¡Cosas que tengo que hacer antes de los 20!”, “¡Cosas que tengo que hacer antes de los 30!”. Y a desolarnos: “Cosas que tengo que hacer antes de los 40” y la inmediatamente posterior a la de los 40: “Cosas que tengo que hacer ANTES DE MORIR”, donde la tinta de la “r” se disuelve en el papel por la lágrima que ha caído desde tu mejilla.

Elabora tu lista y si no te gusta, haz otra. Las listas, al igual que sucede con la ilusión, son susceptibles de renovación.

"Lista de las personas que nunca han estado en una lista juntos"
«Lista de las personas que nunca han estado en una lista juntos»

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