COSAS DE NOELIA | Miércoles 18 marzo 2015 | 21:44
Quiero hablar de Suiza. Ese resort para los montoncitos de dinero que necesitan relajarse y alejarse del mundanal ruido.
Pero Suiza es más que eso.
Hace unos meses un amigo, por razón de trabajo, vivió en Suiza. Cuenta que todos son altos, guapos y de dentaduras perfectas. A medida que él la describía, yo imaginaba una ciudad de androides. De bellos androides que armoniosamente ejecutaban su día a día.
Parece ser que en los restaurantes suizos todo el mundo permanece en silencio, en un silencio de tal envergadura que si hubiera una mosca, que no las hay, daría media vuelta y se marcharía caminando, despacio, para no perturbar el ambiente con el batir de sus alas. Si alguien levanta la voz más de la cuenta, será reprendido de forma natural por la mesa vecina. Aquí también somos muy de reprender. Sin estilo, pero de reprender. Porque el que reprende públicamente hoy día, seamos sinceros, no es un ser socialmente adaptado a los tiempos que corren: en la actualidad, recordemos, nuestros vecinos ya no educan. Lamentablemente. También somos de echar en cara, de quejarnos y de dar consejos. Unos excelentes teóricos, ahora bien, de llevar a la práctica lo que exigimos a los demás, andamos tan escasos como carentes de coherencia y autocrítica.
Mi mayor deseo es traerme a un suizo aquí, meterlo en un bar donde estén todos boreando y observarlo hasta que los tics dominen sus párpados y caiga al suelo fulminado por semejante despropósito cívico.
Pero mi historia suiza preferida, me perdone Heidi, es la de las barcas. Al salir de trabajar, mi amigo acudió a una merienda organizada en el lago de Zurich. En el agua había unas barquitas impecables para aquel que quisiera dar una vuelta. Gratis. Sí, sí, gratis. Las barcas estaban cuidadas, sin un rasguño. «Si esas barcas llegan a estar en Ferrol», señala mi amigo, «tendrían escrito Mari te quiero o Toñito estuvo aquí» o cualquier otra frase tallada en rectas líneas con una navajita. Sus compañeros suizos, ante tal profanación, abrieron sus ojos incrédulos. «Bueno», continuó él, «eso en el mejor de los casos. Lo normal sería que alguna de estas barcas acabase en el alpendre de alguien».
«¿Para qué quiere alguien una barca en su casa?» Piensan ellos, absolutamente escandalizados. Qué poco conocedores son los suizos del reciclaje gallego… Si un somier puede ser el cierre de una finca y una puerta de ascensor puede ser la puerta principal de una bodega, una barca dada la vuelta te queda ideal como mesa de comedor.
«¿Pero cómo va a pasar eso? Las barcas son de todos». A un suizo le parece impensable que un bien que es de todos, no sea cuidado por todos. «¡Cómo vas a tirar un papel a la vía pública!» En su lógico razonamiento, si es público, razón de más para cuidarlo mejor.
Estamos a años luz de esta mentalidad. Qué diferente es aquí, ¿verdad? Gritamos, arrancamos, rompemos, pisamos, ¡que lo arreglen que para eso pago mis impuestos!, damos patadas a los puntos de luz recién instalados en un paseo, dejamos nuestros pensamientos, peticiones, deseos o firmas en las puertas, contenedores, bancos, miradores, fachadas. Firmas que son garabatos solitarios que ni siquiera acompañan a un bonito dibujo. Firmas tristes y feas. Viene un suizo, y aunque lo atiborres a pulpo y ribeiro, llora desde su llegada hasta su precipitada vuelta.
¿He tirado un papel al suelo alguna vez? Pues sí. Pero con mala conciencia. Y aprovecho la ocasión para solicitar más ceniceros y papeleras. Que sí, que las hay. Pero creo que cada vez hay menos y más alejadas del momento en el que quieres deshacerte de algo.
¿He realizado un acto vándalico alguna vez? Pues no. Bueno, salvo aquella vez que escribí una frasecita en la puerta de un baño. Pero porque había más y justo tenía un rotulador permanente en el bolso.
Y cuando pusieron esos macetones en la calle Dolores. Esos que parecen la marmita de un druida gigante. Cierto que no fui la autora de la gamberrada, pero sí la beneficiaria: un amigo arrancó unas flores para regalármelas, venían con su tierra colgando y todo, reconozco que el detalle fue muy bonito, pero sí, le reñí, porque eso no se hace y así se lo hice saber mientras le daba un beso.



