RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Martes 22 abril 2014 | 16:34
Sobran los motivos para sentirse orgulloso de una ciudad distinta. Para retener en la memoria y convertir en algo útil lo que esta semana hemos visto con alegría por las calles y plazas. Sol de verano, temperatura de lujo, codazos en Real para avanzar entre el tumulto. Poses estudiadas en las terrazas de Amboage, trapos de domingo recién estrenados y miradas indiscretas en el espejo de la farmacia que observa al Marqués.
Imágenes esperadas que, sin embargo, vuelven a sorprender. Avivan el fuego de la recuperación que no acabamos de ver, volver a creer en medio de tanta niebla. Porque, supongo yo, con cierta determinación no puede ser tan difícil sacar provecho de lo que ha ocurrido en Semana Santa. Y no será tan complejo mejorar lo que está mal, me da a mí por pensar.
Desde el lleno absoluto del Domingo de Ramos, nuestro trending topic cotidiano se guiaba por frases repetidas en grupos de diferentes edades y condiciones. Divisando barbas de talibán, flequillos laterales y gafas gruesas. Hemos reconocido viejas caras, enlazamos mentalmente a fulanito de tal con menganito -que viene siendo su padre o madre- y conocimos como ultimísima hora que zutanita ahora sale con aquel otro.
Terrazas en pleno abril, barras de bar abarrotadas, mareas que azotan hasta el éxtasis el chocolate de la tableta. Internacionales por primera vez, hemos tenido que consultar varias fuentes, en una labor propia del periodismo de investigación, para conocer los verdaderos recorridos, horarios y tronos/pasos de cada procesión.
Llámales costaleros, portadores… Esto no es Sevilla, ni se le parece ni tiene por qué parecerse, aunque la evolución del festejo haga pensar lo contrario a algunos. La introducción de un cierto exceso de aplausos, emociones enlatadas y cantos a pie de calle puede atribuirse a cierta impostura.
En mi humilde opinión, lo importante reside en lo de siempre, por encima de lo nuevo: unas imágenes de indiscutible valor y un trabajo silencioso de todo un año. Por encima de creencias religiosas. Porque, claro, la Semana Santa despierta la atención de casi todos.
Los que tienen la fe actualizada, sobra decir nada más; los no creyentes respetuosos, como mínimo, se quedarán con la anécdota -no tan pequeña- del retorno de ferrolanos en la diáspora y el debut de turistas que vienen a ver qué se les ofrece por aquí. Tendrían que venir muchos más y tendríamos que empezar a pensarlo en serio. El turismo no es una oportunidad de futuro, es una desaprovechada realidad del presente.
Ocupar un trozo de la milla de oro que une Armas y -casi- Capitanía requiere de rezo cotidiano en esas fechas. Y asistir con devoción a escenas tan poco habituales en era de desgracia no significa cerrar los ojos a la triste realidad. Al contrario. Es más, no entiendo que alguien con dos dedos de frente pueda lanzar las campanas al vuelo de forma gratuita.
Porque no están las cosas para argumentos baratos en estos tiempos, pero trapos sucios los hay en todas las casas. Y la lavadora se inventó para algo. Será cuestión de remar… y hacer que todos remen. Hacia el mismo puerto.
A la espera de un naval que es básico, soy de los que piensa que hasta el Racing puede echar una mano. Que llenar el estadio es necesario, máxime si se ven mejores entradas en equipos que no lo merecen tanto.
Que ascender de categoría, aunque esté el asunto tan cotizado, es un impulso. Esa sí que es marca de ciudad. Que no se puede seguir consintiendo que nos priven de todo, hasta de juzgados. Para que mendiguemos a las puertas de Coruña, a ver si a los del pueblo nos dan unas migajas. No seremos capital de provincia. Ni de autonomía. Tampoco Vigo. Sin embargo, todos se afanan por defenderla.
Aquí hay quien mira hacia arriba sin pensar que, a veces, escupir hacia el cielo solo provoca que los restos regresen a tierra. Que renegar no sirve, porque estos días nos hemos sentido absolutamente todos más ferrolanos que nunca. Porque la identidad no la roba una crisis ni un afán de superioridad que devora a pequeños, porque la historia está de nuestro lado.

Porque el que viene repite al Encuentro de un menú de categoría, Santo o no. Con sudor o sin él en Armas. Sí, yo encontré una mesa en la que cenar el Jueves Santo, después de saludar a gente querida, a los que no retrasan el regreso porque se mueren de ganas. Con alguien a quien no le asusta meter la nariz en un lugar peculiar como pocos. No caen los anillos.
En ese mesón, corazón de A Magdalena, no llegaban las sillas, la bebida salió gratis porque los dueños no abarcaban semejante cantidad de clientes y la comida sabía tan bien como siempre. Sobran huecos en los que deleitar el apetito por cuatro duros, pero con calidad máxima. Estamos en casa. Ese es el verdadero Plan Ferrol, el de los que doblan el puño de la camisa porque toca currar.
Los que dan la cara por toda una ciudad, que afrontan lo que sea. Abrimos los ojos y estos se convierten en platos al ver los vídeos de las rutas turísticas de la Ilustración, el Modernismo, las playas y los castillos. Porque no nos cansamos de descubrir rincones, de sabernos privilegiados. También por comercio exquisito, música callejera y luces de ilusión.
En la semana de la Pasión exultante, Ferrol Vello de nuevo en portada audiovisual. Cuesta lo mismo arreglar -si es que se ha hecho- la plaza de España que rehabilitar Ferrol Vello. Ni el Plan Especial devuelve los cascotes a las fachadas con pegamento Imedio ni es papel mojado: es una primera piedra indispensable. Si el Cristo de los Navegantes pudo entrar en el magno Arsenal, qué no podremos hacer los demás.
Y lo tendremos que contar nosotros mismos desde esta profesión menguante que algunos quieren manejar a su antojo desde otros puntos del mapa. Resistiendo ante el oleaje de la crisis, Equiocio cierra con 45.000 visitas en la Feria de Muestras. Reúne a todos, aunque haga buen tiempo, y atrae cada vez más. Combina con maestría deporte y ecos de sociedad, que en época de modernidad llamaríamos postureo.
Existe variante sana, como de la envidia -¿no?-. Paloma Lago abre la veda. Entiendo que, con todos estos cimientos, el apagón solo puede pertenecer a Os Caladiños, que no podemos dejar encendidas por siempre las luces cortas. Algún día habrá que levantar la mirada del suelo y volver a andar entre todos.
De niños a ancianos, quién no cree en hoteles, empresas o gentes de Ferrol. Tomemos un respiro, analicemos lo vivido y veamos qué hay que hacer. Decía el alcalde tras inaugurar Equiocio que en Ferrol toca trabajar en Semana Santa. Es decir, que a veces llegan las vacaciones para algunos cuando ya han pasado para la mayoría. Es más, para los que nos gusta vivir a nuestro aire comienzan esta misma noche. Hasta pronto.