Vari Caramés: «Me gusta la sorpresa del azar, esa ceguera propia de encontrarse con algo nuevo»

Vari Caramés

Esta entrevista fue publicada en la revista Luzes en junio del 2021. Hemos recuperado esta conversación para celebrar el Premio Nacional de Fotografía que le ha sido otorgado a Vari Caramés, un premio que también celebramos, por toda una vida dedicado a la fotografía, por su compromiso y su honestidad, por sus imágenes que nos transportan y nos hacen soñar, y sobre todo por ser uno de esos maestros atemporales que nos dejan huella. 

Es un día gris, propio de las imágenes de Vari Caramés. Llueve sin intención de parar y nos vemos en el café Atlántico. Quizá sea casualidad que siempre haya encontrado en la mirada de este fotógrafo una mirada atlántica. Sus imágenes son como si estuviesen mojadas, con los colores desaturados y siempre esos tonos grises y azules. Incluso en el color o en el blanco y negro, en sus fotografías se siente la nostalgia de lo que nunca sucedió. Esa sensación melancólica tan nuestra.

En el café aprovechamos para ponernos al día. Vari Caramés acaba de comisariar una exposición de otro fotógrafo ferrolano, José Pardo, sobre el arquitecto Rodolfo Ucha. Un trabajo de comisariado que requiere muchas horas y provoca mucho cansancio. Terminamos el café y caminamos bajo la lluvia hasta su estudio en la ciudad vieja de A Coruña. Camina más despacio de lo que le gustaría: acaba de someterse a una operación de cadera y todavía avanza con paso lento, pero firme.

En el estudio suena Kind of Blue, de Miles Davis. En sus estanterías hay cientos de libros de fotografía, imágenes enmarcadas, cajas con negativos y cámaras analógicas, algunas de juguete. Una cámara alemana, guardada en una funda de piel marrón, parece llevar toda la vida a su lado. Empezamos a hablar de sus comienzos.

Alicia Seoane: ¿Cuál fue tu primera cámara?

Vari Caramés: Mi primera cámara fue un regalo de mi padre, esa que ves allí, una Voigtländer alemana. Todavía hago algunas fotos con ella; para no olvidarme de mis comienzos, vuelvo a cogerla. Es una cámara totalmente manual y no es réflex. La imagen que aparece no es la que vemos en el visor, pero eso me ayudó a hacer mis cálculos. Cuando tuve una réflex, años más tarde, ya llevaba la medición de la luz en la cabeza. Hice un gran ejercicio con ella.

Siempre lo cuento porque es importante entrenarse. Cuando la gente me pide consejos para empezar en fotografía, les digo que esto es un poco como el fútbol: no puedes aprender si no juegas… Ese es el comienzo del aprendizaje.

A.S.: ¿El regalo de tu padre fue algo intencionado o una casualidad?

V.C.: Mi padre estudió mecánica de aviones en Barcelona y le gustaba dibujar y hacer piezas en el torno. Era un artista aficionado, como un mecánico de lujo. Dibujaba con mucha precisión. Recuerdo que siempre me decía que en el motor de un avión se podía comer…

Pintaba y dibujaba bien, pero nunca quiso hacer una exposición. Era un hombre pudoroso. En eso también me siento como él. Creo que una exposición es algo que requiere cuidado; no se trata de hacer por hacer, de cualquier manera. Las cosas no se hacen a lo loco: tiene que haber una intención muy clara. Eso también es una forma de respeto hacia el espectador.

Me compró la cámara para que le hiciera fotos de sus piezas. Él creaba pequeñas esculturas móviles, del estilo de las de Gargallo…, salvando las distancias, claro. Así empecé. En la tienda donde llevaba los carretes a revelar me hicieron un gran favor: separaban las fotografías en un sobre con dos pequeñas solapas; a un lado ponían las que estaban bien y, al otro, las que no habían salido bien. Estaban desenfocadas o borrosas.

Esos errores que se descartan… Yo nunca los tiraba a la basura. Cuando llegaba a casa, volvía a ellos, los miraba y encontraba algo que, para mí, tenía algo que decir. Eso quedó ahí, en mi inconsciente.

A.S.: ¿Fuiste una persona autodidacta?

V.C.: Al principio quería conseguir hacer bien esas imágenes. Todavía no era consciente de lo que me gustaba. En aquella época no había escuelas, así que íbamos aprendiendo y haciendo, comprando libros y mirándolos mucho. Cuando te caía un libro o una revista en las manos, lo mirabas y lo volvías a mirar hasta casi aprenderlo de memoria… No era como ahora. Aprendías con ganas e ilusión.

Estamos hablando de principios de los años setenta. Antes todo costaba mucho más. Ahora tenemos todo en internet, pero entonces todo era de autoconsumo y autoabastecimiento. Cuando empecé a positivar, fue fantástico. Me gustaba positivar las imágenes más que revelarlas. Nunca aspiré a la perfección porque no creo en ella. La perfección es algo impreciso; no creo en eso. Para mí, el arte es precisamente eso: algo inacabado, que no está completo. ¿Cuándo podemos decir que una imagen está terminada? No podemos llegar a definir nada de esto.

Me gusta la sorpresa del azar, esa ceguera propia del éxtasis de encontrarse con algo nuevo, como les sucede a los niños cuando se sorprenden ante las cosas más pequeñas…

A.S.: En tus imágenes se respira ese encuentro azaroso. Hay algo mágico en ellas, ¿no?

V.C.: El azar existe, pero hay que hacerle cosquillas. A veces aparece porque estás en ese estado en el que suceden las cosas y otras veces hay que saber provocarlo, saber hacer que las cosas sucedan, entrar en ese estado. Yo tengo que llevar al espectador hasta ese momento, hasta ese punto de luz. Y es ahí donde el espectador empieza a hacerse preguntas…

A.S.: ¿Cuándo tomas conciencia de que existe un espectador, de que ya no estás solamente experimentando con el medio?

V.C.: En el año 1980 ya empiezo a hacer mis trabajos con una intencionalidad. Comienzo a crear series que me ayudan a organizar mi cabeza. Estas series en blanco y negro me permiten empezar a construir una narrativa. Ahí están aquellos primeros trabajos: Coruña by Night, Compostela, A movida viguesa, Castelos de Galicia y Visión Animal.

Estas series me ayudaron a establecer un hilo narrativo en el que desplegar mi universo… Y así fue llegando el color, algo que tenía muchas ganas de explorar. Creo que la vida es en color. Aunque, dentro del color, también hay blanco y negro.

Imagen del estudio de Caramés en A Coruña

El monocromo me permitió entrar en esa piscina de sombras con hilos de luz, como en el trabajo de Nadar. Necesitaba explorar mi atmósfera y, al principio, no era capaz de hacerlo en color. El blanco y negro me permitió dejar salir esa nostalgia de lo que nunca viví, organizar mi mundo onírico y mi propio universo.

Pessoa decía que la literatura existe porque la realidad no es suficiente. Si eres una persona sensible, necesitas otro lugar imaginario: el lugar del artista. Es un refugio, un oasis donde estar lejos del desierto. Las personas sensibles necesitan un lugar donde alimentar el alma, porque la realidad puede quemar.

Los fotógrafos somos como cazadores de mariposas: coleccionamos esos momentos especiales. Todas mis series son como pequeños vagones de un tren. Puedes ir pasando de uno a otro y contemplando las imágenes, pero, al mismo tiempo, no son series cerradas. Puedes coger una imagen, meterla en otro vagón y seguirá funcionando en el diálogo con las demás. Necesito echar la vista atrás para poder crear un nuevo presente. Ese presente es una conjunción de cosas del pasado que puedo recontextualizar, de manera que las imágenes adquieren otra presencia.

A.S.: ¿El salto al color fue para ti una forma de recontextualizar tu mirada?

V.C.: Hay una imagen de un puente que pertenece a un lugar muy entrañable y querido para mí: el puente que cruza de Valdoviño a Cedeira. Ese puente fue, en cierto modo, mi proceso de cruzar hacia otro lugar, de dejar el blanco y negro y comenzar en un mundo de color. Mi trabajo es siempre autobiográfico, incluso cuando se trata de una ensoñación. La imagen del puente fue una metáfora del tránsito que necesitaba para cruzar esa frontera.

Ese universo de color me permitió expresarme de otra manera. Necesitaba ponerme a prueba. Para mí fue un acto terapéutico, una forma de asumir el riesgo de salir de un lugar conocido. Mi primera serie en color fue Miraxes, en el año 2000. Curiosamente, fue cuando empecé a trabajar en color cuando también comencé a vender más imágenes en blanco y negro. No es fácil vivir de la fotografía. Este oficio es de funambulistas.

A.S.: ¿Cuál fue para ti otro punto de inflexión como fotógrafo?

V.C.: Pues, parafraseando a Man Ray, que fue un rompedor y un transgresor: «Pinto lo que no puedo fotografiar y fotografío lo que no puedo pintar». El punto de inflexión llega cuando tomo conciencia de lo que me interesa de la imagen y de su dimensión plástica. Si supiera pintar, quizá no habría hecho estas imágenes. Estoy en esa frontera entre la pintura y la fotografía. Siempre me ha gustado la parte pictórica de la imagen, no tanto su capacidad documental.

Me han influido mucho el cine y la música. Mi universo es una mezcla de las películas de la nouvelle vague francesa, el experimentalismo estadounidense y todas esas pinceladas de la literatura de Cortázar en su búsqueda del azar, junto con ese universo del jazz del que beben mis imágenes. Aunque para mí el arte siempre es híbrido, yo soy analógico, pero también digital, porque el proceso termina en un ordenador. Así que ya soy un híbrido.

La fotografía analógica tiene otro tiempo, uno que la digital ya no tiene. A veces ves la imagen que hiciste mucho tiempo después. Ese tiempo de volver a mirarla sirve, en ocasiones, para descartar cosas que ya no te gustan o para sorprenderte con aquello que no esperabas. El tiempo te permite ver las cosas con distancia. Lo ridículo es no aprovechar con maestría las herramientas que tenemos a nuestra disposición en este momento.

A.S.: Tu obra es un poco como ese ‘Nadar’ entre dos universos…

V.C.: Mi trabajo está muy influido por el agua. Siempre busco títulos sencillos, pero que contengan un guiño.

Nadar significa flotar en el agua, pero Nadar también fue uno de los pioneros franceses de la fotografía. Las imágenes tienen un poco ese color diluido, de watercolour, como acuarelas. En las fotografías en blanco y negro también hay niebla, misterio, desenfoques… Eso que no ves bien, pero que acaba apareciendo ante ti.

Me gusta más sugerir que mostrar directamente, quedarme en ese espacio intermedio de lo que todavía no es, pero está a punto de ser…

Mirar las imágenes requiere un pequeño esfuerzo. No es que estén desenfocadas, sino que no son nítidas. Tiene que ser un desenfoque muy bien enfocado. No vale cualquier desenfoque: tiene que haber algo en esa imagen que murmura, y yo finalmente lo escojo. Esto ocurre a veces, no siempre que quieres.

Imagen de la obra de ‘Nadar’ colgada en el estudio de Vari Caramés

En el trabajo de Nadar disfruté como un niño, porque jugué en el agua. Yo soy muy de mar y reuní mis dos pasiones: el agua y la fotografía. A finales de los años ochenta hacía fotos en A Solana, donde había gente nadando, y les metía fogonazos de flash bajo el agua. Se quedaban impresionados. Para mí, la imagen es un pasatiempo. Nunca me la tomé en serio como algo trascendente. Pero podemos trascender a través de otra forma de trabajar. La fotografía conecta con ese sentido lúdico de la vida. Es un juego y tenemos que alimentar a nuestro niño interior.

El día que esto deje de ser un juego, lo dejaré. El día que pierda la magia, nada de esto tendrá sentido.  Al final, las imágenes son pequeños homenajes espirituales e íntimos, una forma de recordar a alguien o algún momento. Otra serie tiene un título muy sencillo: Recreo, un homenaje a la infancia.

Estas imágenes tienen algo que trasciende y que me ayuda a liberar mis propios fantasmas, con los que convivo bien. Intento que no me habiten todo el tiempo.

A.S.: En 2019 publicas Lugares, un libro editado por Fabulatorio en el que citas a Borges cuando dice que no se añoran los lugares, sino los tiempos…

V.C.: Este libro tiene muchos detalles en su producción: un papel con transparencias, los juegos entre las imágenes… En el diseño tuve la suerte de encontrarme con Fabulatorio, que supo transmitir mi universo visual sobre el papel. Fue un encuentro mágico. Supieron transmitir esa forma de ver a través de las cosas, la atmósfera, el paisaje, los animales, el agua.

En este caso, fue un trabajo que dediqué a mi mujer, Ángeles, que fue mi mujer y mucho más que eso: mi compañera, mi musa… (Se le llenan los ojos de lágrimas y la respiración se le entrecorta. Hay un silencio necesario).

Este trabajo era una vuelta a muchos lugares en los que había estado con personas a las que quiero. Espacios de ternura, momentos de viajes en los que estuve bien acompañado. Todas las personas que estuvieron conmigo saben que estuvieron allí. Estos lugares son territorios de memoria, espacios de emociones, no lugares físicos. La localización es lo de menos. El lugar es el territorio que cada uno lleva dentro de sus sentimientos.

A.S.: Comentabas en el café que estás inmerso en una exposición para 2022 en el Canal de Isabel II, en Madrid…

V.C.: Mi idea es crear, en este circuito circular, un pequeño viaje por las imágenes de mi vida. No puedo decir que sea una retrospectiva, pero lo cierto es que es un trabajo que me obliga a mirar atrás y hacia delante constantemente. Tengo que confesar que este espacio siempre ha sido uno de mis favoritos. Exponer allí es un sueño. También es una responsabilidad, pero estoy bien acompañado por mis comisarias, Blanca Berlín y Nerea Ubieto.

La verdad es que esto me genera un gusanillo, cierto miedo escénico que tiene un punto excitante y que hace falta en la vida. Porque, sin ese sabor picante, no sucede nada interesante. Tiene que haber algo que mantenga vivo nuestro deseo para poder hacer algo que también enganche a los demás.

A.S.: ¿Cómo ha sido tu experiencia como comisario de otros fotógrafos ferrolanos, como José Pardo o Jorge Meis?

V.C.: Pues, gracias a la amistad que mantengo con ellos, contaron conmigo para estos proyectos suyos, que son muy personales.

Es cierto que el trabajo de comisario es diferente al que haces cuando trabajas para ti mismo. Tienes que sumergirte en el mundo creativo de otra persona para poder transmitirlo y organizarlo. Además, en este caso, se trataba de un trabajo de José Pardo sobre el arquitecto modernista Rodolfo Ucha.

* A Buxaina de Ucha* es el título de ese trabajo, que es precioso. Acercarme a la vida de Ucha me enseñó muchas cosas. Era un hombre lúdico al que le gustaba experimentar. Desbordaba curiosidad y su talento se percibe por toda la ciudad. Era un hombre vivo y activo, ecléctico en sus formas, que seguía experimentando con lo que hacía.

Fue un regalo comisariar este trabajo y descubrir a este arquitecto. ¡Esto es lo mágico de la fotografía! Es como un salvavidas. Me permite encontrar personas maravillosas y conocer lugares increíbles. Tengo mucho que agradecerle a la fotografía.

Ahora mismo tengo muchas ideas en la cabeza que todavía no me llaman. Pero confío en que lo harán. Llamarán.