Sin salir de aquí: Valdoviño

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Playa de A Frouxeira, en Valdoviño (foto: Raúl Lomba / Ferrol360)

RAÚL SALGADO / RAÚL LOMBA | Valdoviño | Viernes 21 mayo 2021 | 20:30

Es fácil escribir de Valdoviño. Desde luego, para el que firma estas líneas. Tiene toda la costa que alguien quiera buscar y un territorio al interior que sorprende por la imagen de las últimas décadas del gran referente turístico de toda una comarca. Íntimamente asociado a las playas de eternas proporciones, su reinado no se limita ahora al verano.

Dotado de todas las infraestructuras que el visitante precisa, es la afluencia de vecinos de la zona y de visitantes de puntos más lejanos la que revoluciona su economía. Su transformación ha sido constante y el respeto al entorno se ha afianzado. A Frouxeira es su gran balcón al Atlántico más bravo.

Ermita de la Virxe do Porto, en Meirás; al fondo, el faro de Punta Frouxeira, en Valdoviño (foto: Raúl Lomba / Ferrol360)

El que se adueña de la Percebelleira, de su playa pequeña. La playa de arena fina, del yodo que todo lo cura. Aquella a la que antes desembocaban bañistas de lugares insospechados, que poblaban su inmensidad con sombrillas y paravientos. Los que no somos tan mayores, pero ya peinamos algunos, recordamos cómo el calor de aquellos años era calor de verdad.

Cuando volver a casa era mantener el impacto del sol, encontrarse con el alivio del agua por más que, por supuesto, la temperatura sea fría. Un oleaje incontrolable que atraía como un imán, la música por la megafonía para amenizar la tarde y los buses de Autos Paco con gente de pie. Eran otros tiempos.

Laguna de A Frouxeira, en Valdoviño (foto: Raúl Lomba / Ferrol360)

Las vistas en la bajada del Gitano, casi divisar la grúa de Astano y pensar que llegabas a casa. Abruma por enorme, asombra cuando el temporal da la cara en pleno invierno. Pocos artistas habrán reflejado con tanto cariño, sutileza y precisión la belleza de Valdoviño, también de su playa protagonista, como Blanca Escrigas.

El Coyote, la caseta de Cruz Roja como barco que abre brecha en el desierto de sus dunas y el desaparecido Siroco junto a la improvisada estación de autobuses de gran ciudad que parecía en agosto aquel portal de entrada. En su retaguardia, uno de los grandes fortines de la naturaleza del noroeste, su laguna.

Embalse de As Forcadas, en Valdoviño (foto: Raúl Lomba / Ferrol360)

Paraíso silencioso de paseo con encanto, reducto de aves a modo de espacio protegido. Valdoviño hace suya una importante franja litoral, pero tiene mérito que en un puñado de kilómetros pase de arenales pequeños a otros de superficie notable, de calas en las que desaparecer a playas que precisan de control de aforo en estos tiempos raros.

Como en uno de los cuadros impresionistas de Monet, Vilarrube emerge haciendo las veces de modelo opuesto al de A Frouxeira. Es la segunda playa más extensa del ayuntamiento y brinda tranquilidad y la paradoja de ser resguardada por su cercano arbolado, hermosa por cómo es la frontera con Cedeira y tan grande como para hacerse oasis con aroma exótico.

Playa de Pantín, en Valdoviño (foto: Raúl Lomba / Ferrol360)

Hay un nombre que lo dice todo. Está cerca de allí. Con pronunciar Pantín surgirán respuestas en decenas de idiomas. Meca del surf, que este año adelanta al 26 de junio su gran cita mundial, regala escenas de película. Su monte, en el que tantos nos hemos tumbado mirando al cielo y a su mar a un tiempo, es el mirador soñado por cualquier cineasta.

Los de la tabla son parte del paisaje, como su inconfundible lateral, tantas veces divulgado en imágenes para medio planeta. Fuera de sus días grandes, es destino de familias, amigos o parejas de cualquier edad. Un balneario natural entre villas y con una larga carretera que la aparta y aviva su excelencia.

Playa de A Frouxeira, en Valdoviño, desde el mirador de O Paraño (foto: Raúl Lomba / Ferrol360)

Hablando de miradores, O Paraño es una de sus atalayas. La panorámica de A Frouxeira es aire puro, como la de sus montes y calas aledañas. Lo salvaje que va del cielo a la tierra que bendice su fortaleza. La meteorología se ha dedicado a pulir sus esquinas, pero su base es un regalo divino. Aquí se vio nacer al deporte del neopreno y el Océano Surf Museo recoge esa historia.

La historia que también desprenden enclaves interiores como la capilla de A Fame, en Liñeiro. Guía en el camino a Teixido, aquí se saciaba a los peregrinos cansados. Más adentro incluso, el embalse de As Forcadas se ha desprendido del corsé de ser mero distribuidor del bien preciado y ha aprendido a presumir de sus alrededores boscosos.

Playa de Vilarrube, en Valdoviño (foto: Raúl Lomba / Ferrol360)

El arbolado se adentra hasta la misma lámina de agua, ahora aprovechada para deportes náuticos. Valdoviño es verano con el guapo subido e invierno de cuello alto. Cuando las prisas hacen sudar, la válvula de escape para media Ferrolterra consiste en coger el coche y parar el tiempo ante la ermita de la Virxe do Porto.

Nunca dejará de emocionar cómo las olas más altas que caben en un cerebro se golpean una tras otra mientras la capilla subsiste como si fuese un milagro perenne. Unas pequeñas escaleras, unas paredes blancas, las rocas y su escueta playa. Meirás es esa parroquia de la que procede Rosa Aneiros y en cuyos restaurantes reina el marisco.

Playa de Campelo, en Valdoviño (foto: Raúl Lomba / Ferrol360)

Y, sobre todo, es el lugar donde los arenales brotan en cualquier rincón. El cauce que parte en dos O Río contemplado desde su terraza superior, la lucha del viento contra la costa en Os Botes. Y al final de todos los caminos, un faro. Punta Frouxeira y sus vestigios excavados, los túneles de su pasado defensivo. Donde sentarse para desenchufar de tantos pesos pesados.

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Es noticia este mismo viernes por su batería la zona en la que Valdoviño casi se despide para ceder el testigo a Narón. Campelo es filme de suspense: sus acantilados, irrumpir en su aparcamiento. Observar tablas y sus características piedras que harían posible un dique. Mirar al horizonte desde esa batería podría ser la mejor despedida.

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