Hay lugares que forman parte de la memoria colectiva de un pueblo. Espacios donde se celebraron cumpleaños infantiles, donde se apagaron velas y donde varias generaciones compartieron tardes de juegos. En Fene, uno de esos rincones es el Safari Park. Ahora, después de varios meses de trabajo, volverá a abrir sus puertas de la mano de Tamara Bouza (Barallobre, 1993) y su marido, Rubén, con la intención de conservar su esencia, pero adaptándola a las necesidades de las familias de hoy.
Madre de tres hijos —Noel y Saúl, de cinco años, y la pequeña Julia, de uno—, Tamara reconoce que la idea surgió casi por casualidad. En realidad, la pareja buscaba abrir un parque infantil desde cero, pero los elevados costes de alquiler y acondicionamiento de un local hicieron que el proyecto tomara otro rumbo.
«Fue un poco una locura», admite entre risas. Entonces apareció la oportunidad del Safari Park. La ubicación, en pleno centro de Fene y frente al Concello, el amplio aparcamiento y, sobre todo, el cariño que el vecindario siente por este espacio terminaron de convencerlos. «Funcionó durante trece años y prácticamente estaba reservado todos los días. Lo conoce todo Fene», explica.
Por eso nunca se planteó cambiar el nombre. «Me daba pena. Safari tiene su propia esencia y queremos mantenerla».
Lo que sí cambia es el interior. Durante las últimas semanas, la pareja ha renovado por completo las instalaciones para ofrecer un ambiente más luminoso, moderno y funcional. Han sustituido la cocina, actualizado los revestimientos, renovado el parque de bolas y creado nuevos espacios para que también los niños más pequeños puedan disfrutar sin depender únicamente de las grandes estructuras de juego.
La idea nace, en buena parte, de su propia experiencia como madre.
«Julia tiene un año y muchas veces los hermanos mayores juegan en el parque mientras los pequeños no tienen un sitio pensado para ellos. Queríamos que cada niño encontrase su espacio».
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Ese punto de vista también ha marcado la filosofía del negocio. Más que un parque infantil, Tamara imagina un lugar donde las familias puedan reunirse con total libertad. Los clientes podrán alquilar el local durante varias horas, llevar su propia comida o combinarla con un servicio de catering, celebrar primero una comida familiar y recibir después a los compañeros del colegio, o simplemente organizar una reunión entre amigos mientras los niños juegan.
«Queremos que la gente se sienta como en casa, pero sin tener que recoger ni preocuparse por nada».
El modelo responde, además, a una realidad que conoce bien. Como madre de dos niños de cinco años, ha vivido en primera persona la evolución de las celebraciones infantiles.
«Antes los cumpleaños eran diferentes. Ahora muchas familias prefieren alquilar un espacio y organizarlo a su manera. También resulta más económico y flexible que los formatos tradicionales».

La demanda, asegura, es enorme. De hecho, recuerda haber tenido que reservar con cuatro meses de antelación el último cumpleaños de sus hijos. «Hay locales que en julio ya tienen reservas para enero o febrero», comenta.
Precisamente por eso confía en que el Safari Park encuentre pronto su sitio. Aunque todavía no pueden anunciar una fecha definitiva de apertura —la instalación espera la llegada de unos recambios para completar la renovación del parque de bolas—, el objetivo es abrir a lo largo de este mes de julio, después de casi cuatro meses de trámites administrativos y obras.
La respuesta del público, incluso antes de levantar la persiana, ya invita al optimismo. El perfil de Instagram comenzó a crecer desde los primeros días y las reservas no han tardado en aparecer.
«Tenemos fechas cerradas para agosto y septiembre. Incluso hay personas que nos conocieron únicamente por redes sociales y ya reservaron sin que hayamos abierto».
Además de los cumpleaños infantiles, Tamara quiere que el local sirva también para reuniones familiares, cenas entre amigos o encuentros de grupos de padres con niños pequeños. Para quienes no quieran cocinar, el Safari Park ofrecerá un servicio de catering con productos de Regaifa, aunque también permitirá que cada familia lleve su propia comida, una opción especialmente pensada para quienes conviven con alergias o necesidades alimentarias específicas.
Detrás del proyecto hay muchas horas de reformas, llamadas, papeleo y decisiones, pero también un deseo muy sencillo: devolver la vida a un lugar que forma parte de la historia reciente de Fene.
Quizá Tamara no celebró allí sus propios cumpleaños —los suyos transcurrían entre juegos caseros organizados por su madre, con manzanas colgadas de los árboles y pruebas de harina al aire libre—, pero ahora será ella quien ayude a crear los recuerdos de una nueva generación de niños.
Y eso, reconoce, es la mayor ilusión con la que afronta esta nueva etapa.
