Gonzalo Torrente Malvido: retrato de una oveja negra

Esto no es Detroit
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LUIS LANDEIRA CARO | Jueves 18 Julio de 2024 | 10:51

«De mí ya no se acuerda nadie», dijo Gonzalo Torrente Malvido poco antes de morir. Y no supe cuánta razón tenía hasta que pedí uno de sus libros en la biblioteca de Ferrol y la bibliotecaria me preguntó: «¿Es el padre de Gonzalo Torrente Ballester?». No, en realidad es uno de sus once hijos. Su hijo incomprendido, para más señas. Porque Ballester no dejó nunca de amar y ayudar a la oveja negra de su camada, pero no entendió su leyenda de escritor maldito, de cuentista delincuente, de santo perdedor. Por eso, cuando le dedicó el primer libro de Los gozos y las sombras, escribió: «A quien más dolor me causa».

La forja de un rebelde

Aprovechando las ausencias paternas y la enfermedad materna, Gonzalo Torrente Malvido (Ferrol, 1935) creció libre y salvaje como un huracán. En Torrente, mi padre, la biografía que escribió sobre su progenitor y sobre sí mismo, Malvido cuenta cómo, con sólo seis añitos, dio el primer disgusto a su familia: «Me hice con un buen mazo de estampas de futbolistas —no sé con qué promesa, o si hurtadas— que durante un par de días anduve trapicheando por ahí, hasta que alguien se presentó en casa a reclamármelas; que para qué contar: primero de los castigos que de allí en adelante sufriría de privación de libertad».

Malvido evoca el caserón de los Torrente, en el corazón de Serantes, y recrea los atajos mágicos hacia un Ferrol que, mediado el siglo XX, ya aparece «tocado por las primeras muestras de edificios grandes y feos acosando el núcleo urbano», presagio del feísmo que invadiría Galicia toda.

La memoria de Malvido reconstruye el aún bello Ferrol de los años cuarenta: «El Cantón, las plazas de Herrera y Amboage, el campo de San Francisco, el muelle, Canido, Esteiro, y no digamos ya las murallas o las ruinas de Fonte Longa, todo conservaba resonancias históricas, aunque fuera letra menuda, y conformaba ámbitos propicios para arropar alteraciones novelescas de la realidad inmediata, al mejor estilo infantil». Fue, pues, en Ferrol donde Malvido sintió la llamada de la tinta.

Cursó parte de sus estudios en el colegio de los mercedarios, donde su vocación díscola le hizo acreedor de los castigos más severos, tanto de los frailes como de su padre: «Una mañana, yendo Nano Berenguer y yo —ambos de doce años— por la vera de la plaza de Armas, a horas a las que sin duda alguna deberíamos estar en clase, y encima con sendos pitillos en las comisuras y vociferando blasfemias de las que oíamos a los marineros vascos, nos topamos a bocajarro, volviendo una esquina, con nuestros padres respectivos allí parados charlando. El primer bofetón, in situ, nos dejó sin colillas, y no recuerdo si nos llevaron hasta casa a tortazos, o si empezaron a zumbarnos una vez cada cual en la suya». Pero Malvido no escarmentaba: cuantos más palos recibía, más se torcía.

Sexo, drogas y cuentos chinos

Las tropelías de Malvido se multiplicaron en Madrid, la ciudad perfecta para ampliar —so pretexto de estudiar filología hispánica— sus conocimientos de anatomía femenina, ebriedad química e ingestión alcohólica. Y también para buscar una voz literaria de espaldas a su padre: «Él me inculcó la afición a la literatura, pero como analíticos no tenemos nada que ver». Malvido se sentía más cerca de Albert Camus, Jean Genet, André Malraux o Italo Calvino.

Su amigo Fernando Sánchez Dragó le descubrió el Mediterráneo y, a finales de los años cincuenta, Malvido se escapó de casa y se refugió en Ibiza, Mallorca y otros paraísos perdidos. En aquel periplo consiguió «un par de trabajos poco duraderos, en un yate y un bar, y mujeres, sin parar, de las que apenas recuerdo las caras». Su padre lo capturó en Marbella y lo recluyó en una clínica psiquiátrica para intentar amansarlo, como siempre, en vano. Al salir, Malvido retomó su deriva y, con documentación falsa, viajó por Francia, Italia, Alemania o Marruecos.

Siempre en movimiento, Malvido tenía talento bruto, pero era demasiado crápula como para desarrollar una carrera estable y rentable. Decía tener tropecientos textos inéditos, pero como escribía a mano y colocado de cannabis, el destilado iba lento. Cabalgando entre realidad y ficción, tan pronto reconstruía una discusión escuchada en un calabozo como inventaba los prolegómenos de un suicidio chino. Su único mandamiento: «Lo que importa es el cómo y no el qué».

Con el tiempo y una caña, publicó en 1960 su primera novela, Hombres varados, una narración sarcástica y picaresca, llena de vividores y sinvergüenzas, que fue prohibida por la censura.

Paralelamente, Malvido construía su propia leyenda. En aquel tiempo robó un valiosísimo cáliz de una iglesia madrileña, y habría ido preso de no haber sido por la mediación de su padre, falangista de pro. Sí fue a la cárcel en 1968, acusado de un delito de suplantación. Y en la década siguiente volvería a prisión varias veces, por falsificación de documentos bancarios y otros tocomochos.

Milagrosamente, Malvido compaginaba su vida loca con la escritura: un puñado de libros y un sinfín de traducciones y colaboraciones periodísticas. Detrás de esos pequeños logros estaba, empero, su padre, que ejercía de agente oficioso.

Nacido para fracasar, Malvido rehuía el divismo literario, cambiaba de editorial como de camisa y, pese a sus incursiones en la lírica y la novela, sentía inclinación por el género menos comercial: el cuento. Muchos de sus relatos cortos fueron recogidos en volúmenes como Cuentos de la mala vida o Cuentos recuperados de la papelera, y todos comulgan con una máxima cervantina: «Los cuentos unos encierran y tienen la gracia de ellos mismos, otros en el modo de contarlos».

Caído del cielo

Ruinas aparte, Malvido tenía a veces golpes de suerte: un empleo estacional como maestro de escuela, algún que otro premio literario, la adaptación cinematográfica de El rey pasmado… pero era manirroto y el dinero le duraba un suspiro. Eso sí, en su cartera llevaba siempre un billete de un dólar con la cara del Che Guevara: era el que usaba para esnifar cocaína. Para llegar a fin de mes, practicaba el fraude, el trapicheo y el robo de guante blanco.

Vicente Molina Foix asegura que le dio gato por liebre en una transacción narcótica. Y a cierto amigo suyo —un cayetano del Viso— le robó en un descuido una cubertería de plata completa. También corría el rumor de que le había sustraído una cazadora a Keith Richards, pero en realidad fue el rolling stone quien se la regaló a Malvido, cuando se conocieron de mañaneo en el hotel Ritz.

Tan aficionado al flamenco como a la literatura, fue buen amigo de Paco Umbral, Miguel Delibes o Carmen Martín Gaite, pero también de Rancapino y Camarón: en uno de sus relatos narra una juerga con este último que duró varios días y varias noches.

Después de tanta fiesta, Malvido llegó al siglo XXI desdentado, desnutrido y empobrecido. Inició en su senectud un declive que le llevó a dormir varias noches a la intemperie, en un banco de madera del paseo del Prado de Madrid. Aprovechando una efeméride paterna, Malvido concedió una descarnada entrevista en la que desmitificó el malditismo («Baudelaire y demás no eran bohemios, eran maravillosos escritores que bebían y se drogaban»), confesó su culpa («me siento un imbécil porque no he sabido aprovechar las ocasiones que se me han dado en mi vida») y pronunció una profecía: «Esto sólo tiene arreglo si estalla otra vez una gran guerra, la Tercera Mundial. Yo no la veré, pero ustedes sí».

Gonzalo Torrente Malvido pasó sus últimos días en un hogar de acogida. Murió en 2011, a los 76 años, por complicaciones derivadas de una operación. En sus últimos días, un delirio farmacológico le hizo creer que Huxley y Valle-Inclán lo visitaban en su lecho de muerte. Fue incinerado en Madrid, pero sus cenizas se trasladaron a Galicia. De él nos quedan, polvo aparte, catorce libros descatalogados.

Ahora, en el 25 aniversario de la muerte de Torrente Ballester, aprovechamos para conmemorar la de Torrente Malvido. Como no cabe aquí uno de sus extraordinarios cuentos, acabaremos con su mejor poema, dedicado a la estatua del Ángel Caído de El Retiro madrileño:

 

«¿Qué mano de escultor te habrá forjado

  que así dio a tu caída aire de vuelo

 y en tu belleza misma ha desmentido

 el canon que proclama el alto cielo?

¿Qué mente de creador te habrá pensado

 Así apesadumbrado y viajero

 Entre la blanca luz y el negro hado

 por todo el infinito acongojado?

Aquél que te pensó pensaba tanto

que abandonar no pudo el pensamiento

 de que caer es sólo un sentimiento

que se anula volando sobre el tiempo:

abatimiento sobre ningún suelo

 cuyo abismo puede dar espanto

 espanto de alcanzar el mismo cielo

 en el más abyecto de los antros

 allí donde caer se torna vuelo».