ALICIA SEOANE | Jueves 14 de agosto de 2025 | 8:57
Crecer en el asombro es el título del último libro del escritor y profesor Miguel Salas. Tras su última novela La madre del frío, el escritor vinculado a Cobas aunque residente en Madrid nos deja un texto en torno al asombro, que fue un encargo de Plataforma Editorial.
Como cada agosto Miguel vuelve a Cobas a recorrer sus playas y reencontrarse con sus recuerdos de la infancia, familia y sus amigos «de toda la vida». Entre paseos, sol y nordeste hemos tomado un café con él para hablar del asombro. Esa capacidad innata al ser humano que a veces queda olvidada bajo las prisas y las sombras.
F360._ ¿Cómo surgió escribir tu último libro, Crecer en el asombro?
Miguel Salas._ Fue una propuesta del editor. Es un tema que me hace pensar mucho porque, dedicándote a la educación —ya seas profesor o tengas hijos—, el asombro aparece de forma recurrente. Además, está muy relacionado con la manera que uno tiene de entender la vida, con la gratitud y con estar abierto a la experiencia de estar vivo. En este mundo moderno, en el que vamos tan rápido, el asombro aparece menos o desaparece, así que me pareció interesante investigar. Me puse a leer, a pensar, y así salió el libro.
F360._ ¿Cómo fue el proceso de investigación ?
M.S._ El asombro es algo con lo que venimos equipados al nacer. De pequeños surge de forma muy natural, sin necesidad de organizarlo de manera racional. Investigar fue muy interesante: a través de los estudios científicos aprendes los matices de la experiencia. Es difícil de delimitar porque está cerca de la sorpresa, la maravilla o incluso el sobresalto, pero no es exactamente lo mismo.
También descubrí que ya desde Platón y Aristóteles se reflexionaba sobre el asombro, porque está muy vinculado a las ganas de aprender y de abrirse al mundo. No es tanto elaborar racionalmente lo que encuentras en la vida, sino dejar que la vida se te presente y te llene.
F360._ ¿Cómo lo definirías desde tu propia vivencia?
M.S._ Me gusta acudir a la etimología: asombro viene de ad sub umbra, que significa ‘sacar de la sombra’. Es algo que de repente se revela en su esencia. No creo que dependa solo de la novedad, como sostienen algunos teóricos; puede surgir ante algo que has visto mil veces: una persona, un camino, la luz de una tarde.
No tiene que ver solo con la grandeza física, sino con la profundidad y la presencia real. Puede ser una hormiga, un verso, una canción conocida que de pronto se te revela de otra forma. El asombro es, además, un regalo: uno puede predisponerse a él —ese es el tema central del libro—, pero no provocarlo a voluntad.
F360._ ¿Cómo se ‘prepara’ uno para el asombro?
M.S._ En el libro lo comparo con limpiar las ventanas: puedes dejarlas listas para que entre el sol, pero no controlas si va a entrar. Predisponerse al asombro implica vivir en el presente, buscar la lentitud y escapar del vértigo moderno. Creo que el asombro es una herramienta contra efectos de la modernidad como vivir permanentemente en la superficie, con prisa, sin espacio para la profundidad. Hay que buscar momentos de recogimiento, que no tienen por qué ser meditación o silencio en sentido estricto: puede ser correr, escalar, fregar los platos… Lo importante es vaciarse para poder llenarse.
F360._ Mencionas que hay etapas de la vida más propicias para el asombro
M.S._ Sí. Las estadísticas dicen que se da más en la infancia, la adolescencia y la primera juventud, y vuelve con fuerza en la jubilación. En esos momentos hay más espacio para conectar con la vida y con las pequeñas cosas. Los que estamos en la etapa intermedia tenemos que buscar huecos para ello. El asombro se alimenta también del contacto con la naturaleza y con los ciclos del tiempo, algo que a veces se pierde en las grandes ciudades.
F360._ ¿Qué consejos darías para recuperarlo?
M.S._ No olvidar que la vida es un regalo y evitar el aturdimiento que nos provoca la saturación de estímulos y obligaciones. Necesitamos vaciarnos antes de llenarnos de experiencias, profundizar y no vivir ‘de vértigo en vértigo’, como esos insectos que se deslizan sobre el agua sin entrar nunca en ella. El asombro aparece cuando nos abrimos a ser tocados por la vida.
