Manteniendo viva la pasión de Alfredo Martín

tito justo lorenzo

MARTA CORRAL | Ferrol | Jueves 24 diciembre 2020 | 14:09

Hace algunas semanas, Ana —la hija de Alfredo Martín—, lamentaba al otro lado del WhatsApp que estas iban a ser las primeras Navidades en las que la gran obra de su padre, el belén de la Orden Tercera, no iba a poder abrir sus puertas por lo evidente. Me lo decía apenada porque el cierre inevitable representaba la puntilla a un año para olvidar.

La tradición es un túnel del tiempo que nos une con los que ya no están. Una caricia que mandan los que se fueron, aquellos con los que hacíamos tal o cual cosa que ahora repetimos acordándonos de esos días felices. Y esta pandemia ha venido a quitarnos parte de estas tradiciones, que tendrán que ser reinventadas en estas fiestas descafeinadas. Todo un torpedo en la línea de flotación.

Afortunadamente hay quien ejerce de guardián de esas pocas cosas que no ha logrado llevarse por delante la Covid. Hablamos de Justo Lorenzo, más conocido como Tito. Del muelle de toda la vida, canidiense de adopción, hombre involucrado en el tejido social de los barrios, dispuesto a trabajar para que el fruto de su trabajo lo disfrute todo el mundo, desinteresadamente.

Tito es uno de esos que formaron parte de la «grey» de Alfredo Martín, como la definió Ana. Su casa de la calle Espartero quedaba muy cerca de donde trabajaba el belenista y su carácter hizo el resto: «Era como si fuera un maestro sin título: nos enseñaba a pintar al óleo, jugar al ping-pong, hacer construcciones de escayola…», rememora.

La Navidad era su época favorita, no solo por el belén, sino también por la cabalgata que organizaban, por todo lo alto y con la colaboración de la Armada, de Bazán y de pequeñas empresas y comercios de la ciudad: «Éramos nosotros, guiados por Alfredo, los que hacíamos las carrozas, una cuádriga romana… Era precioso».

«En el belén se empezaba desde abajo. Primero te encargabas de abrir las cortinas y hacer de recadero. Después, con más experiencia, eras el responsable de la taquilla. Ya cuando estabas rodado podías mover las figuras o poner la música. Lo más alto del escalafón era hacer de paje o de Reyes Magos, que una época también se hizo», recuerda Tito, que pasó por todos los puestos.

Todavía puede oler las sardinillas del bocadillo que cogían en La casa de todos (actual Josefa’s de la calle San Francisco) que se papaban debajo del belén como si fuera el mayor festín del año. «Alfredo ayudó a mucha gente y eso lo aprendimos de él. Nos enseñó a compartir, a ser buenas personas. A mí me regaló una melódica que había en Montalbo por Reyes, que me hacía mucha ilusión y que no podía comprármela. No me olvidaré nunca de eso».

Un legado que continúa

Pero Tito no solamente vive de recuerdos, ni mucho menos. Es cierto que no falla ni un año en su visita al belén que lo vio crecer, primero con sus hijos y ahora con sus nietos, pero también desde que tenía 9 años monta su propio nacimiento que ha llegado a ocupar la mitad del salón de su casa dejando, a veces, un polvo muy malo de quitar para disgusto de su mujer.

Ahora la recreación del nacimiento de Jesús ha mermado un poco porque su versión más grandiosa se la ha cedido a Canido a través de la asociación. «Íbamos a montar este año en la sociedad deportiva pero preferimos no hacerlo para que no se agolpase la gente allí, por precaución», explica. A cambio, desde el portal de su casa ya podemos ver su maravillosa obra.

Moldea el poliespán con una destreza que deja boquiabierto, pinta, diseña, construye en escayola, reutiliza elementos naturales y crea un auténtico universo que comparte con su familia, sobre todo con los más pequeños. Tarda unos tres días en acabar su montaje y cada año compra nuevas figuras. Una de ellas, la de un cerdo ben mantido, cambia de lugar por arte de magia. También tiene agua, fuego simulado y mucho amor. Ojalá el año que viene mucha más gente pueda admirar la belleza de su pasión, la misma que heredó de Alfredo Martín y que todavía mantiene viva.

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