Hay negocios que nacen pensando en una oportunidad y otros que parecen llegar cuando tienen que llegar. Cristina Pita es de las que confían en lo segundo. Cuando supo que el CPS de San Valentín quedaba libre, decidió dar el paso y ponerse al frente de un espacio que quiere convertir en mucho más que un establecimiento hostelero.
Este viernes 14 de agosto será la inauguración, con música y pinchitos como carta de presentación de una nueva etapa. Y aunque los nervios están ahí, Cristina reconoce que afronta el estreno con una tranquilidad que incluso a ella misma le sorprende.
Su relación con la hostelería no es nueva. Ha pasado por este sector y por otras profesiones, pero hay una frase que resume bien por qué ha decidido volver: «Al que le gusta, siempre vuelve a la hostelería». Una especie de «mono», como ella misma lo define, que termina llamando otra vez a la puerta.
Ahora esa puerta es la del CPS de San Valentín.
Un negocio para hacer barrio
Cristina llega con una idea muy clara: mantener la esencia de centro social del CPS y, al mismo tiempo, dinamizarlo. No quiere que sea únicamente un lugar al que acudir a tomar un café o una consumición, sino un punto de encuentro para los vecinos.
«Hacer cosas», resume. Y entre esas cosas aparecen actividades pensadas para todas las edades: baile, eventos, actividades infantiles, propuestas para Carnaval o Navidad y cualquier iniciativa que permita que el local tenga vida más allá de la barra.
Porque San Valentín es, para ella, un barrio con posibilidades. Y también un barrio familiar, algo que está descubriendo incluso durante los preparativos de esta nueva aventura.
Su intención es precisamente aprovechar ese carácter cercano. Que el CPS vuelva a ser un espacio en el que ocurran cosas, en el que los vecinos se encuentren y en el que las diferentes generaciones puedan compartir tiempo.
La hostelería de siempre
En tiempos en los que la hostelería se asocia muchas veces a conceptos, tendencias y experiencias cada vez más sofisticadas, Cristina apuesta por algo mucho más sencillo: la hostelería de siempre.
La de conocer a quien entra por la puerta. La de escuchar. La de hablar. La de echar una mano cuando hace falta. La de que el camarero sea también, en cierta medida, parte de la vida cotidiana de quienes se sientan al otro lado de la barra.
«Los camareros no solamente somos los que ponemos algo, sino también los que escuchamos, los que hablamos, los que a veces tenemos que dar un consejo», explica.
Ese es precisamente el ambiente que quiere trasladar al CPS: un lugar en el que la gente tenga confianza, esté a gusto y pueda sentirse como en casa.
«Que sea un punto de referencia, un plano de familia», apunta. En definitiva, que los vecinos sepan que pueden acudir allí, compartir un rato y sentirse cómodos. Porque, como ella misma recuerda, al final el local también es de ellos.
Una nueva vida para un espacio de todos
La apuesta de Cristina no se limita, por tanto, a poner en marcha un negocio. También pasa por recuperar la dimensión social de un espacio que forma parte del día a día del barrio.
Su objetivo es que el CPS de San Valentín tenga actividad, que sea un lugar vivo y que pueda acoger propuestas para pequeños y mayores. Una forma de generar comunidad desde la hostelería, recuperando esa función que durante generaciones tuvieron los bares y centros sociales de barrio.
El viernes comenzará oficialmente esta nueva etapa. Habrá música, habrá pinchitos y, sobre todo, habrá una nueva cara detrás de la barra.
Cristina llega con ganas de trabajar, de ofrecer un buen servicio y de hacer que el CPS vuelva a ser ese lugar al que uno entra sin necesidad de pensárselo demasiado. El sitio donde siempre hay alguien conocido, donde se puede echar una parrafada y donde, por un rato, uno se siente un poco más en casa.
Porque quizá esa sea la verdadera esencia de la hostelería de siempre: no solo servir, sino estar. Y Cristina quiere que el CPS de San Valentín vuelva a hacerlo.

