Miguel Rodríguez Paz, es el aparejador que se encuentra detrás del perfil de Barbacana, en su trabajo profesional de revisión de obras, la cámara fotográfica siempre le acompaña, por eso ha sido fácil ser aparejador y a la vez mantener viva su pasión por la fotografía.
Cuando sale a la calle, esa mirada acostumbrada a observar los detalles detrás de cada obra se transforma. En la cámara aparecen, los rostros y las historias cotidianas se convierten en fotografías. Entre ambos escenarios transcurre la vida de este aparejador de 65 años, conocido en redes sociales como Barbacana, un nombre que resume con humor su barba blanca, su trabajo vinculado a la seguridad en las construcciones y su particular manera de entender la fotografía.
Su relación con la cámara viene de lejos. Tanto, que durante años fue una compañera habitual de su actividad profesional. «Desde siempre llevaba cámara de fotos a las obras», recuerda. Porque, en su opinión, hay situaciones que se explican mucho mejor con una imagen que con palabras. Sin embargo, la fotografía nunca ha pretendido ocupar el lugar de su profesión. «Lo mío con la fotografía es un divertimento. Es una afición. Mi profesión es la de aparejador», puntualiza.
La distinción es importante para él. No porque ambas facetas estén separadas, sino precisamente porque llevan décadas conviviendo. En las obras, la cámara le sirve para documentar procesos y conservar una memoria gráfica de aquello que, una vez terminado el edificio, quedará oculto tras los revestimientos. Fuera de ellas, le permite detenerse en las personas, los espacios urbanos y esos detalles que a menudo pasan inadvertidos.
Ver esta publicación en Instagram
Una profesión que también cuenta historias
Miguel se colegió en 1987. Desde entonces, ha acumulado casi 40 años de experiencia en una profesión que reivindica por su identidad propia. Prefiere hablar de aparejadores, aunque la denominación oficial de arquitecto técnico se haya consolidado con el tiempo. Para él, no se trata de una versión incompleta de la arquitectura, sino de dos disciplinas distintas y complementarias.
«Son dos mundos diferentes, son dos profesiones complementarias», explica. Mientras el arquitecto desarrolla el proyecto, el aparejador desempeña un papel fundamental en su ejecución, vigilando que la obra se realice conforme a lo previsto y atendiendo a las cuestiones técnicas que surgen durante el proceso.
Es precisamente ahí, en el contacto directo con la construcción, donde Miguel encuentra una de las partes que más disfruta de su trabajo. Se define como un «adicto a la construcción» y habla de las obras como si estuvieran vivas. Hay materiales que se encuentran y decisiones que van dando forma a un espacio que antes solo existía sobre el papel.

La memoria que queda detrás de las paredes
La cámara también tiene una función práctica en su día a día. Durante la ejecución de una obra, Miguel fotografía instalaciones y diferentes fases del proceso que posteriormente quedarán escondidas. Cuando el edificio está terminado, buena parte de esos elementos ya no se pueden ver.
Esa documentación gráfica permite recordar cómo se colocaron determinados componentes o comprobar soluciones adoptadas durante la construcción. Y en este punto está la relación entre sus dos pasiones. El aparejador fotografía para documentar y verificar; el aficionado fotografía para descubrir y compartir. En ambos casos, el gesto es parecido: mirar con atención, detenerse y dejar constancia de algo que, de otro modo, podría perderse.
De Cazolitos a Barbacana
Mucho antes de que las redes sociales se llenasen de retratos y perfiles fotográficos, Miguel ya paseaba con su cámara colgada. Su vínculo con la fotografía se remonta a más de cuatro décadas y tiene también una historia familiar y local.
A través de su familia política, vinculada a San Xurxo, conoció la figura de Cazolitos, un fotógrafo itinerante al que algunas personas de la zona recordaban. Como Miguel siempre iba de un lado para otro con la cámara, comenzaron a bromear con él y a compararlo con aquel fotógrafo.
El apodo acabó convirtiéndose en una referencia cariñosa. De hecho, llegó a crear una página llamada Cazolitos Paparazzi, en la que mezclaba aquel recuerdo con el personaje de La dolce vita que dio origen al término paparazzi. Con el tiempo, sin embargo, sintió que aquella denominación no terminaba de representarlo. «Parece como que era vivir la vida de otra gente. Digo: ‘Mira, no, soy otra persona’», cuenta. Y de esa necesidad de encontrar una identidad propia surgió Barbacana.
El nombre tiene varias lecturas. Una barbacana es una estructura defensiva que protegía el acceso a una fortaleza, una barrera previa que dificultaba la entrada. La palabra también conecta con su barba blanca y con su actividad como coordinador de seguridad y salud en obras. Una mezcla de arquitectura, profesión y aspecto físico que terminó encajando con naturalidad.
Una galería de rostros con gafas de color
La fotografía de Barbacana tiene una marcada dimensión urbana. En sus perfiles conviven imágenes de la ciudad y retratos de amigos, conocidos y personas con las que se cruza. No necesita que todos sean personajes famosos ni que haya una historia extraordinaria detrás de cada fotografía. A veces basta un rostro que le resulte interesante.
Cuando alguien le llama la atención, Miguel se acerca y pregunta si le permite hacerle un retrato. Es una forma directa de relacionarse con la gente, una manera de convertir un encuentro casual en una pequeña colaboración fotográfica.
Ver esta publicación en Instagram
Su colección más reconocible es la de las gafas de Barbacana. Son unas gafas de estilo aviador, marrones, que se han convertido en su seña de identidad visual. En estas imágenes aplica un tratamiento de color selectivo: la fotografía aparece principalmente en blanco y negro, mientras las gafas conservan el tono marrón y, en ocasiones, algún otro detalle mantiene su color.
El resultado es una serie fácilmente reconocible, construida a partir de un mismo recurso estético que cambia con cada persona retratada. El objeto se repite, pero los rostros, las expresiones y las historias son diferentes.
Detrás de esa aparente sencillez hay también trabajo de edición. Miguel calcula que ya ha publicado alrededor de 670 fotografías de esta colección. No es una ocurrencia aislada ni un experimento de unos días, sino un proyecto que ha ido creciendo con paciencia.
Lleva entre diez y quince años desarrollando esta faceta en redes, aunque reconoce que ya ha perdido la cuenta exacta. Su fórmula para mantenerla viva es publicar aproximadamente una fotografía a la semana, sin saturar a quienes siguen su trabajo.
Compartir en lugar de competir
La mirada de Miguel sobre su profesión también ha evolucionado con los años. En un sector en el que la actividad constructiva vuelve a exigir muchos recursos humanos y técnicos, advierte de la falta de profesionales y de la sobrecarga de trabajo que soportan los aparejadores en activo.
A su juicio, las promociones de nuevos titulados no han sido suficientes para responder a las necesidades actuales. Él mismo recuerda haber visto promociones en las que el número de profesores parecía casi superar al de alumnos que terminaban los estudios.
Pero, frente a esa situación, ha encontrado una manera de entender las relaciones profesionales que le ha resultado especialmente útil. Lleva nueve años vinculado a BNI en el grupo Aco Albatros, una organización de empresarios y profesionales que fomenta las relaciones de confianza y las recomendaciones entre sus integrantes.
Ver esta publicación en Instagram
La experiencia le ayudó a dejar de ver a otros aparejadores como posibles competidores y empezar a considerarlos compañeros con los que colaborar. «Eso sí me ayudó en esta filosofía», explica. Cuando un profesional no puede asumir un encargo, otra persona puede hacerse cargo de él; cuando alguien necesita una especialidad que no domina, puede recurrir a otro compañero.
Una idea sencilla que rompe con la imagen de una profesión necesariamente individualista y que conecta, de alguna manera, con su forma de entender la fotografía: abrirse a los demás permite descubrir oportunidades que de otro modo pasarían inadvertidas.
